En ciertas ocasiones, la cercanía de algunas personas no se ve reflejada en las palabras que utilizan para comunicarse entre si. A veces, ni siquiera se denota en sus actitudes...
Mi nombre es Matías Zenteno. Como es habitual en nuestra sociedad, he crecido bajo aquel imperativo sermón que dice “eres lo que haces”, y aun así siempre he creído que lo más importante es “como lo haces”. En definitiva, esta disyuntiva entre la forma y el fondo coronaba casi todo el tiempo mi razonamiento, lo cual repercutía en mis reacciones y ciertamente, en mis relaciones.
Así fue hasta que un día; uno de aquellos que transcurren inadvertidos, tuve la suerte y la desgracia, para exponer un concepto integral, de conocer a un sujeto que se hacía llamar Andrés Cassals. Un poeta.
Personalmente, nunca me he inclinado por la poesía. Me parece en demasía intrínseca, casi como componer una canción que uno mismo ansía escuchar. Un favor personal.
Andrés tenía una capacidad descriptiva extremadamente envolvente y vivía entre lapsos de lucidez y supuración de recuerdos y relaciones de un desorden estructural tremendo.
Cuando de a ratos su lógica superaba su viceralidad, las ideas de prominente gestación en esta última se encumbraban en un diseño que rozaba en lo absoluto.
Sin embargo, ulteriormente su genio era sobrepasado por su emocionalidad. Sus pasiones.
Como en muchos casos, nuestro encuentro fue consecuencia de vínculos anteriores al “nosotros” postulado para esta introducción, y causal de otros posteriores. Naturalmente, nuestra comunicación, aunque fluida, fue inicialmente algo tangencial. Presa de una distribución irregular entre sorbos y pitadas del combustible de turno.
Cual víctima y victimario, Andrés ha forjado su personalidad a través de historia, amores, resquemores y odios varios. Esto último más por las instituciones que por las personas a su alrededor. Aquello primero; el motor para lo que a continuación se proyecta.
miércoles, 3 de diciembre de 2008
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